- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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24 de septiembre de 2017

Cronológicamente desfasados.

Cronológicamente desfasados. Como si hubiésemos viajado juntos en una máquina del tiempo y cada uno terminó en una era distinta. Sin nada que darte que no tengas, sin nada que darme que realmente quieras obsequiar. Con los segundos contados, cronómetro en mano y la alarma de un despertador expectante. La alarma sonará en dos días, siete horas, veintitrés minutos. Tan cerca del recuerdo que puedo tocar los pinos con la yema de los dedos. O creo que puedo hacerlo, antes de volverme una miniatura de mi misma que sólo se aleja de lo que sus manos quieren alcanzar. ¿Te pasó alguna vez sentir que el mundo se vuelve gigante a tu alrededor y que todo aumenta, excepto vos? A mi me pasa seguido, por ejemplo ahora, en el que cada mensaje de texto fija una galaxia entre nosotros. Y no sé como viajar hacia allá. Tengo una máquina del tiempo, no un cohete espacial.

Dos horas, siete horas, cero minutos.

1 de junio de 2017

Tu refugio de la Enajenación

No te escondas. Regresa de la cueva en la que te metiste. Olvidate de las responsabilidades, y del monstruo social que hay afuera arrastrando todo con sus pasos en manada. Si queres puedo meterme con vos, en esa cueva. Si queres, si me dejas, si no te parece que el tiempo que crees escaso se te escurre más rápido entre las manos cuando yo estoy. Haceme creer que conmigo los segundos no corren, porque si ninguno de nosotros piensa en eso entonces el segundero es aún más veloz, y nosotros cada vez estamos más lejos el uno del otro.

¿Por qué esa sensación? ¿Por qué si cuando salis de la cueva y respiras de mi aire o cuando yo me quedo dentro haciéndote compañía no pareciera haber nada que pueda con nosotros? Ni siquiera puede vencernos ese monstruo al que le he puesto Enajenación.

Tus silencios son la representación empírica de tu encierro. Y si nunca habías sido una persona de muchas palabras ahora mismo extraño el tono de tu voz, que no olvido y de hecho añoro. No me importa si para obtenertelo tengo que hacerte gritar, no me importa si fruncis el ceño, si me alejas, si me ignoras de forma inconsciente. No me importa nada de eso porque en tu abrazo la felicidad es pura y real, y porque en el brillo marrón de tus ojos, que tan poca cosa te parece yo sé, que no necesito nada más.

Confío en tu rugido y en tu lógica, aunque ninguno de ellos podrá, jamás, convivir con el otro.


14 de marzo de 2017

Alma y el interruptor.

Alma enciende el interruptor, pero no prende la luz. Se trata de otro tipo de interruptor, uno que bloquea la culpa. En ese momento, Alma salta, juega, ríe, besa, ama, coge, y puede hacerlo con libertad. Le atrae reflexionar sobre el concepto de libertad, sobre lo que realmente significa y la definición que se le atribuye. Alma ha aceptado que no es libre, que no lo ha sido nunca y tampoco lo será. De hecho, está segura de que nadie lo es, que la prisión puede ser externa o interna, impuesta o permisiva, ajena o propia, y que en distintos niveles somos prisioneros de distintas cosas. Alma se aprisiona en la culpa. Le da culpa ser feliz, gozar, desnudarse de todo tipo de ataduras. Se ha convencido de que es un ser triste, y que esos pequeños flashes de risas significan pecado. Una manzana prohibida que tendrá su castigo. Entonces se redime, pide disculpas a la nada misma, se autoflagela metafóricamente y, casi sin notarlo, vuelve a encender el interruptor.