- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

__________________________________________________

7 de diciembre de 2016

Las líneas de Alma

Alma tenía ocho años entonces. Caminaba sobre las uniones de baldosas rojas de gran tamaño. No pisaba el interior, sólo las líneas. Giraba hacia un lado, después al otro, había inventado un laberinto donde no había minotauro que la persiguiera pero si un hilo de Ariadna a quien seguir. Hilo que eran las líneas. Le gustaban las líneas, representaban orden, seguridad, límites claros, una ligera sensación de aventura y de intriga, pero sobre todo porque sabían guiarla, porque por ellas podía dar el siguiente paso. Lo único que la hacía dudar por las noches, cuando despertaba de sueños de líneas perfectamente dibujadas, era que esas líneas nunca las hacía ella, siempre eran confeccionadas por alguien más, de la forma en que alguien más quería. Alma sólo caminaba sobre ellas, las exploraba, las memorizaba, y hasta llegaba a quererlas. Eran su mapa y su rumbo.

Alma jamás detenía su recorrido. Pasaba de un tipo de líneas a otras, siempre pisándolas, dejando su huella en ellas. Primero eran líneas grises rodeadas de marrón, después eran negras entre baldosas plateadas, incluso una vez se encontró ante el desafío de líneas curvas, rodeadas de un empedrado. Un día, la línea que seguía terminó. Alma nunca había imaginado un mundo sin líneas. Por primera vez en mucho tiempo, en sus paseos diarios, alzó la cabeza y vio toda una superficie plana, sin líneas.

Ese día Alma lloró mucho, y no paraba de repetir que estaba perdida, a pesar de que su madre estaba a su lado tomándole una mano y su abuela la llamaba desde la entrada de su casa.


No hay comentarios:

Publicar un comentario