- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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8 de septiembre de 2016

No me creyó cuando le dije que lo quería. Eramos sólo unos niños pero jamás lo he olvidado.Creo que eso ha causado todos mis tropiezos en el camino que he recorrido hasta ahora. Había algo de mi que jamás le gustó, o quizás toda mi persona le resultaba insuficiente. Era eso, como si no llenara las expectativas de sus ilusiones.

Me besaba como si el mundo se le fuese en ello, como si sujetarse de mi cabello fuese su único cable a tierra. Pero cuando abría los ojos, su mirada nunca estaba encendida.

Una vez lo encontré mirando a la profesora de geografía en medio de la clase, pero supo excusarse diciendo que era una materia que amaba. Si le preguntabas cuál era la capital de Buenos Aires titubeaba y se reía, como si le resultara gracioso que lo pusiera a prueba. No le gustaba que le hiciera preguntas, se sentía invadido. Para él, si el amor no era como el de una película no era amor. Era antinatural, y no estaba bien. Fue esa nuestra primer discusión.

Eres hermosa. Es sólo un niño. Mi madre siempre buscaba ponerse de mi lado, y yo elegía creerle para hacer la situación más sencilla. Nunca fue un niño, sino un apasionado de sus propias filosofías. Quería impresionarme con sus modos rudos y fumando habanos, pero no era ese el motivo por el que le permitía ver mi sostén. Era algo en su modo de hablar, en su determinación. Siempre supe que escribía pero nunca me lo dijo. Ni siquiera diez años después, cuando lo encontré en un bar tomando un café y escribiendo en una servilleta sucia, ni siquiera entonces lo aceptó. ¿Ya eres un escritor consagrado? Alzó la vista, y cuando me reconoció, me encontré de nuevo con esa mirada apagada.

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