- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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20 de septiembre de 2016

Alma en lluvia.

Alma camina de un lado al otro del cuarto. Se despeina el cabello, se detiene, continúa, apreta la mandíbula, recuerda que el dentista le diagnosticó bruxismo, vuelve a detenerse junto a la cama y en ella se desploma. Afuera la lluvia cae densa y los truenos retumban tanto que dan miedo. Suspira pesadamente, sabiéndose en el papel de víctima, y como aceptar eso no le agrada, se distrae analizando su habitación, hundida entre almohadones. El espejo está cubierto con una sábana blanca, hay tanto desorden que sólo ver le genera ansiedad, hay restos de comida por todos lados, zapatos, peines, cremas, vasos, ropa interior, apuntes, libros, carteras.

Se tapa los ojos con un almohadón. No puede reconocerse en ningún sitio, ni siquiera en su propia habitación. Decidió prohibirle al espejo devolverle esa imagen ojerosa y extraña. Esa no es ella, esa figura vacía y apelotonada que la mira desde el otro lado del cristal. Bufa contra la piel de la almohada, la hace un bollo entre sus dedos y la revolea lejos, hasta la otra punta del cuarto. Se pone de pie, grita apretándose la cara con los dedos, patea la cama y corre hasta una de las paredes y arranca cada una de las fotos que hay allí pegadas.

Lo piensa. No hace nada de eso. Alma busca en su pecho alguna respuesta, porque sabe que su mente se ha bloqueado por completo en la mayor de las traiciones. Su pecho duele - recuerda que le diagnosticaron ansiedad - y su rostro se frunce y de él caen dos lágrimas, una por cada ojo.

Se observa desde afuera, se ríe de sí misma. Otras dos lágrimas caen, de la misma forma. Se limpia con el dorso de la mano y humedece la camisa. Vuelve a reír, las mangas están sucias de tanto uso. Se incorpora de manera torpe, se acomoda el cabello en una cola de caballo y huye. Huye de sí misma, y de sus ideas impulsivas. Alma sabe que no podrá correr por siempre, pero confía que por lo menos la lluvia que tanto odia la empape y la transforme. Desearía fundirse con la lluvia, sobria y triste. Vivir en gris, como los días nublados.

En la acera se echa, en la soledad de la tarde, y las gotas son tan gruesas que podrían descascarar hasta un edificio. Alma llora un poco, pero se detiene rápidamente. Sus preocupaciones merman con cada trueno, su miedo desaparece. La sangre le fluye al ritmo que el agua recorre su cuerpo. Lluvia cae. Lluvia también. Y de Alma ya nada sabemos.

19 de septiembre de 2016

Quise ir contra todo lo que alguna vez me había enseñado la experiencia. Los espacios vacíos, los riesgos, la caída libre sin ninguna protección. Las confesiones con el corazón en la mano, la entrega absoluta, los viajes que abren la mente y el alma. Quise ir contra todo eso y evitarlo, porque siempre es más fácil salir herido si la armadura no se tiene puesta en su lugar.

Pero he aprendido que la armadura no sirve de nada, y que si la hendidura de la espada tiene que llegar, lo hará de cualquier forma. He aprendido que es mejor estar desnudo, así por lo menos incluso la herida cicatrizará más rápido, tan rápido como penetrará. Y si debo morir, moriré peleando. Intentando.

Creí que todo este tiempo estaba haciéndolo, y no era así.

8 de septiembre de 2016

No me creyó cuando le dije que lo quería. Eramos sólo unos niños pero jamás lo he olvidado.Creo que eso ha causado todos mis tropiezos en el camino que he recorrido hasta ahora. Había algo de mi que jamás le gustó, o quizás toda mi persona le resultaba insuficiente. Era eso, como si no llenara las expectativas de sus ilusiones.

Me besaba como si el mundo se le fuese en ello, como si sujetarse de mi cabello fuese su único cable a tierra. Pero cuando abría los ojos, su mirada nunca estaba encendida.

Una vez lo encontré mirando a la profesora de geografía en medio de la clase, pero supo excusarse diciendo que era una materia que amaba. Si le preguntabas cuál era la capital de Buenos Aires titubeaba y se reía, como si le resultara gracioso que lo pusiera a prueba. No le gustaba que le hiciera preguntas, se sentía invadido. Para él, si el amor no era como el de una película no era amor. Era antinatural, y no estaba bien. Fue esa nuestra primer discusión.

Eres hermosa. Es sólo un niño. Mi madre siempre buscaba ponerse de mi lado, y yo elegía creerle para hacer la situación más sencilla. Nunca fue un niño, sino un apasionado de sus propias filosofías. Quería impresionarme con sus modos rudos y fumando habanos, pero no era ese el motivo por el que le permitía ver mi sostén. Era algo en su modo de hablar, en su determinación. Siempre supe que escribía pero nunca me lo dijo. Ni siquiera diez años después, cuando lo encontré en un bar tomando un café y escribiendo en una servilleta sucia, ni siquiera entonces lo aceptó. ¿Ya eres un escritor consagrado? Alzó la vista, y cuando me reconoció, me encontré de nuevo con esa mirada apagada.
Y un día, se quejó tanto que se volvió una nube negra y se evaporó.