- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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5 de julio de 2016

Alma y su cuentito de guerrera.

Alma piensa en León. Piensa en él pero se pone triste. A la hora de dormir, le pide a su almohada que le de fuerzas y muchas sonrisas para que León no la vea así, llorosa como está mientras le habla al conjunto de plumas. Alma piensa en León y sabe que lo ama, pero siente que duele no poder obsequiarle un poquito más de luz. Alma es una estrella, una estrella que explotará y que destrozará a todos a su alrededor. León, sin embargo, siempre ruge con perseverancia y la cuida, con su hocico la pone de pie y la incita a seguir.

Alma quiere estar de pie, pero quiere ser ella la que consiga hacerlo. No quiere ser más una carga para su León. Quiere que se sienta orgulloso de cuán guerrera puede ser. Quiere ser una guerrera, o quizás eso es lo que siente necesitar. Alma y su cuentito de guerrera, esa fábula en la que se excusa para obligarse a ser fuerte y no enfrentar las verdades crueles. Alma ya dejó el escudo y la armadura guardados, prefiere ser herida y no continuar haciendo fuerza para sujetar todas sus armas. 

León, no te olvides nunca de que Alma vuela y se va, se pierde pero siempre regresa. León, nunca te abandonaría.

Grieta

- No podes controlar todo - Eso me dijo la psicóloga casi al final de la sesión, después de que la torturara con anécdotas de mi vida que en terapia ningún sentido tienen. Hoy, dos días después, caí en el llanto recordando esa hora mediada por un escritorio. O quizás las lágrimas no tienen su origen allí, pero sí están relacionadas. Recordé que salí y tuve que detenerme un instancia para apoyar la espalda en la pared y pensar. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Por qué decía necesitarlo? ¿Por qué había llorado cuando me dijo que se notaba a leguas que estaba angustiada? ¿Lloraba porque en una parte lo sabía, pero no quería admitirlo?

Le confesé que, creía yo que inconscientemente, me había creado un esquema donde cada cosa encajaba perfectamente junto a la otra y así, no había margen para que nada estuviese flojo o se saliera de lugar. En mi mente, diseñé una represa que con el tiempo soportó más y más agua de uno de los lados .No puedo con la represa. Puedo sentir las grietas que se hacen en ella, cómo el agua se fuga y desestabiliza todo. Siento miedo y desesperación. Incluso llego a pensar que el agua debe significar llanto.

En algún momento, o quizá en varios, fui llenando la mochila que está a mis espaldas y metí en ella no sólo mis problemas, sino también ajenos. Ahora, la mochila me está aplastando y se ha incrustado tanto en mi piel que no sé cómo quitármela. Los días siguen pasando como si fuesen iguales, hasta que de pronto cae una cortina y me muestra una imagen distinta. Y me adhiero a ella, y me acostumbro, y todos los días vuelven a ser iguales. Más no hay satisfacción, sólo grietas.