- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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18 de enero de 2016

Percepción incomprendida con nombre y apellido

Te diagnostica el profesional y te diagnostica la sociedad que se cree muy sabia.

No saben que ponerle título a las sensaciones no sirve de nada para el que las padece.

Encasillan ese conjunto de percepciones que ellos sienten mejor que vos mismo. Hacen un listado de inconstancias traumáticas entre las que posicionan el intenso dolor de pecho, la sensación de carencia, la dificultad para respirar, el sudor, los temblores, el desequilibrio; pero, ¿qué saben, los que no lo viven, de qué se trata realmente?

Que las paredes de un colectivo se cierren a tu alrededor, que el suelo de chapa parezca arena movediza, que una fuerza invisible te asfixie con lo que parecen cientos de manos, algunas de ellas entorno a tu cuello y otras presionando tu pecho, que un miedo sin lógica te domine, que por un segundo odies a todos esos que están a tu lado y que ni siquiera notan las gruesas gotas de transpiración que caen de tu cien al suelo, ni esa capa delgada de brillo acuoso que te cubre el rostro y los hombros, más pálidos con el pasar de los segundos. El que estes segura de que el colectivo va a chocar en cualquier esquina porque el chofer está boludeando con el celular en una mano, segura de que la arena movediza bajo tus pies, que solo parece ser vista por vos, te va a succionar en el próximo minuto. Eso no tiene nombre, no tiene título. No puede convertirse en algo tan efímero como una palabra, no puede volverse un bebé de pecho con nombre y apellido al que nunca deseaste y ni siquiera nombraste. Otros le han puesto el nombre por vos, le llamaron ansiedad.