- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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29 de octubre de 2015

Eso que se enciende cuando nos miramos

Hay algo que se enciende cuando nos miramos. Un interruptor que ignoramos hasta que me miras, o te miro, y el otro es devorado por ese anzuelo. En ese entonces, ya no hay buen perdedor. Un lazo se tiende entre vos y yo, y aunque nos hagamos los idiotas, no hay como cortarlo. Ya no hay nada más que tu mirada detrás de mis párpados, nada que no se vuelva arte en este sitio mitad físico y mitad abstracto al que llamo mente. Me hipnotiza algo del conjunto que forman tus ojos y tu boca.
Con el pasar de los días - los besos y los escritos - empiezo a comprender por qué a veces prefiero callarme las preguntas cuando se trata de vos: la respuesta está en tus ojos, que dicen mucho más de lo que tu boca jamás podría llegar a traducir en palabras.

26 de octubre de 2015

Tus pestañas

Tus pestañas techan el mundo. Un mundo sin límites ni cielo, a menos que sea ese que materializas con tus acuarelas. Te debo eso que dibujas, ese cielo, ese infinito. El mismo espacio indefinido en el que tu mirada encuentra la mía y se abrazan a la distancia. Te abrazan mis ojos marrones y respira mi boca al rozarse con la tuya. No existen las casualidades, no por azar cada una de tus palabras inunda mi sueño. Tus respuestas son todo lo que mi hambre de filosofía espera, tus risas están clavadas en el blanco de mi memoria.
Si te pido que te pierdas de tu rutina y aparezcas en la mía, ¿qué respondes? ¿Cumplirías tus apuestas? ¿Me persuadirías para que realice las mías? ¿Perderías el juicio de que existen las casualidades con tal de creer que ésto es puramente voluntad nuestra?

Somos guionistas de nuestros destinos, productores de cada paso a dar.

Ya no sé ni cómo se camina sobre la cuerda floja de nuestra calesita. ¿Y si tu pedido de captura se completa? Me inquietan los sentidos que dominan cualquier tipo de raciocinio con aquello que perciben: la tensión de tu boca en mi mejilla, mis brazos enroscando tu abdomen, tus canciones sonando de fondo, mis manos explorando tu oreja. Dialéctica donde vos viajas y yo me quemo, vos obedeces a tus impulsos y yo me dedico a conocerte, a conocer tu arte, tus pestañas, tus miradas, y todo eso que vos me quieras obsequiar.

Palacio árabe

Una infraestructura que imita a un palacio árabe, pero muy pero muy colorido, oculta el horizonte a sus espaldas. Pegados a él, otros edificios intentan darle batalla en ese juego de captar la atención de los transeúntes. No suelen conseguirlo, a menos que hablemos de alguien fuera de lo común. Alguien como esta observadora a quien siempre le llama la atención lo inusual.
Mi punto de partida, mi mirador, son las escaleras de peldaños altos y estructura rocosa del célebre Parque Lezama. El astro rey se esconde detrás del palacio árabe, le brinda una majestuosidad que en el resto de los edificios revela discordancia. Menos para mi, como dije antes: no puedo dejar de admirar los departamentos consecutivos, pintado uno de verde viejo y otro de rojo cadmio. Gemelos son, solo que en el primero una ventana abierta deja que la cortina se escape y se bese con la brisa.
Yo te beso a vos, y el atardecer termina en una noche ruidosa y concurrida. Nuestros brazos nos atan, suspiramos en medio del nudo que nos sofoca con satisfacción ante esta prisión voluntaria. Pienso - en el mayor silencio de mi mente - que desearía morir en esos abrazos eternos.

O en una mirada tuya.
O tal vez en un roce de manos.
Aunque al final, muero en esta conjunta observación del horizonte, donde el palacio árabe ya es velado por la tenue luz de la Luna, y el cielo se ha vuelto negro como el carbón, y como tus pupilas.

11 de octubre de 2015

Los ojos tristes y la mirada musgo

Hay muchos asientos acomodados para formar un círculo irregular. Una guitarra ambienta el momento, la vista captura guirnaldas y globos rotos, botellas de cerveza por doquier y mucha pero mucha basura. La luz de un Sol tapado por las nubes matutinas se filtra por un flanco de la galería. Es de día, la fiesta ha terminado. Aún así la alegría y las risas no pueden detenerse.
Hay alguien sacando fotos y alguien buscando su celular en el interior de su cabeza. Otros dos se reparten la viola y dan color a ese final que lentamente se aproxima. Por último - y resulta el foco de atención en nuestro relato - otras dos personas, una mujer y un hombre, participan ajenamente de la situación. Hablan, sí. Ríen, sí. Pero son sus cuerpos quienes parecen salir de sus propias fronteras y entablar una conversación muda.
Una mirada del color de musgo acechando un rostro alargado y una boca de labios finos. Sus ojos son tristes pero su sonrisa inmensa -y no por el tamaño sino por lo que genera-. Los ojos tristes se encuentran con el musgo, lo deja en evidencia pero no consigue echarlo para atrás. No es fácil acobardarlo.
El musgo sonríe, y no se sabe si lo que sonríe es su boca, sus ojos, o las dos cosas. En ese encuentro, los cuerpos parecen hablar entre ellos en voz alta por demás. Sus cuerpos gritan pero se esfuerzan en acallarlos. Los ojos tristes - que vale aclarar, rara vez lloran - piden un voto de silencio, demandan un descanso a esa mirada insistente, esa mirada musgo capaz de decir muchas cosas sin hablar. Pero el musgo, como era sabido, no se echa hacia atrás.
Escapan los ojos tristes, escape desesperado pero jocoso. El musgo parpadea e intenta distraerse. Unas voces en su cabeza se preguntan en silencio: ¿Hasta cuándo se tratará de huir y postergar? ¿Hasta cuándo tendrán que hacerse los tontos? ¿Hasta cuándo la distancia será barrera? Un pensamiento los consuela: la Luna es siempre la misma, acá o en el otro rincón del mundo.