- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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29 de septiembre de 2015

Saludos y RS

"Mi papá era ingeniero, y físico. Pero tenía un problema: tenía el peronismo acá", Jorge se toca el entrecejo con el dedo índice. Ha contado esa historia decenas de veces, pero cada vez que lo hace la relata como si fuera la primera vez. Se le nota en los ojos que es un hombre de convicciones, cuya vida se basó en luchar contra la marea establecida. Nunca fue uno más, siempre fue distinto: un incomprendido, un marginado. Ahora también lo es, pero por otras cuestiones que a nadie le interesan. Maldigo a quienes creen conocerlo sólo por haberlo escuchado decir un "gracias". Es su amabilidad y agradecimiento la capa más superficial. Me pregunto si está bien lo que digo, maldigo a quienes creen conocerlo como si yo lo hiciera. ¿Realmente lo conozco? ¿Es Jorge este hombre que se pone a la defensiva cuando le tocamos la llaga con un poquito más de fuerza que lo usual? ¿Es Jorge este hombre de dos hijos cuyos nombres representan de algún modo las luchas de su vida? ¿Es Jorge este hombre que fue editor de libros, que trabajó en Clarín y piensa que es una mierda? ¿Quién es Jorge?

Hay algo de lo que estoy segura: Jorge no es un extraño escondido en la penumbra. Es más, estoy segura de que si se lo describo con sumo detalle a varias personas, alguna de ellas recordará haber visto su silueta debajo de una manta en el anden del tren de la estación Lanús. Así lo conocen, como una sombra nada más. ¿Y quién quiere ayudar a una sombra? ¿Qué? ¿No era parte del paisaje? A veces no sé si es peor la indiferencia, o la negación, que es la completa paralización del sentido del oído. Ahora más de uno está cenando en familia con el uniforme colgado de una silla, abrigado con el refugio de un techo. No es el caso de Jorge, que no puede ni ponerse de pie porque las piernas le fallan y la cintura le duele, que soporta el invierno con una frazadita de mierda y la inseguridad la camufla con su demencia senil.

Y además de escudo, su demencia es la manera de lavarse las manos de más de uno de esos uniformados que dan un beso a sus hijos y se van a dormir, creyendo que hicieron bien su labor. Con la cabeza en la almohada, ¿alguien repasa críticamente el contenido de su día? ¿Recuerdan que desayunaron un café muy negro, que putearon a un par de transeúntes irresponsables, que hicieron unas cuantas multas y que pelotudearon a una pibita de 19 años sólo porque creen que su corta edad le quita valor a sus palabras? ¿Lo piensan?

Mientras tanto, Jorge cuenta por décima vez a un grupo de iglesia acerca de su huida a Uruguay, donde terminó su primaria, donde se escondió de un peronismo que lo perseguía por anarquista. Tal vez recuerda fugazmente a quien alguna vez fue su esposa y a quien hizo infiel, aunque ahora no sepa ni dónde está, ni siquiera si vive. Vuelve a decir gracias y a ofrecer lo poco que tiene, hablará de su hijo y su inteligencia, dirá que esos rasgos se saltan una generación. Sonreirá, y no sólo desde la boca sino con los ojos, cuyos iris tienen una aureola gris que - ruego - no sea un principio de cataratas. Jorge se despide y las comisuras le alcanzan la línea donde comienza su prominente nariz, y sólo cuando la estación comienza a hundirse en silencio el cansancio de sus 77 años lo deja dormir. Y yo también me despido - aunque prefiero creer que es un hasta luego -, como Jorge me enseñó, como se despiden los anarquistas:

Saludos, y revolución social, compañero.

26 de septiembre de 2015

Pinos franceses

El cielo está vestido de nubes. La Luna que tanto estuvieron buscando prefiere hacerse rogar y ocultarse para ser anhelada en su escondite. Afuera la música está eclipsada, un poco por la distancia, un poco por la cercanía entre ambos. Las flores del árbol sobre sus cabezas aromatiza la escena, recortada por la silueta de unos pinos franceses que no son más que árboles sin nombre. "¿Sabes de árboles?" pregunta desde la inocencia. Él ríe, como toda la noche, separando los labios y echando la cabeza ligeramente hacia atrás, y su respuesta se pierde entre miradas que buscan besarse. Están sumergidos en un abrazo que los retiene, o quizás sea la complicidad de sus ojos que brillan. "Es que me da el farol, por eso brillan". Y sonríen, porque saben que el farol es inocente.

El frío pasó a ser un cuento que ya nadie relata. Hay un par de manos que se enredan detrás de una espalda y una boca que hace su telaraña de besos sobre otra piel. La soledad del lugar les da empujoncitos, y a pesar de todo los corroe la inocencia de punta a punta, en cada vena. "Tenes rico olor en el pelo", y las mejillas arden en un infierno demasiado dulce. Frases que como una séptima generan tensión, que están a la expectativa, que ponen a prueba. "¿Por qué te reís?", porque su curiosidad es su virtud número cuatro y a la vez su defecto número nueve. "Es que mi cabeza piensa muchas cosas, y me estoy aguantando decirlas", y la inseguridad es lo único que quebranta su mente apasionada.

Se les vuelve oro la memoria, los recuerdos adquieren un valor que sólo las sonrisas posteriores y espontáneas podrían entender. Fluye con ellos sus filosofías y su arte, y los pinos franceses tiemblan con el viento, aunque en realidad, conmovidos, están riendo.

15 de septiembre de 2015

Te brillaban los ojos

Un escarabajo en la noche no se ve, la oscuridad lo cubre. Vos, aún así, haya luna o no, sos capaz de ver todo. Incluso mi fondo, incluso mi escarabajo más sucio, más coleccionista de mierda.  Al cielo lo decoran unas treinta estrellas que resaltan y que vencen la contaminación lumínica, que le ganan a todas las demás en una batalla darwinista.
Este escarabajo se alimenta de cerveza y de palabras bonitas, de panoramas del cielo y del regocijo de tu guitarra sonando.

Y paralelamente, a vos te brillaban los ojos. El alma se te hacía música.

8 de septiembre de 2015

Soñar con arañas en la panza

Un domingo por la tarde, entre jaulas despintadas, plantas de aloe vera y otras más a las que llamó como quiso a causa de falta de conocimiento, repentinamente dejó de reír. Es que uno nunca sabe cuándo va a llegar esa puñalada por la espalda, ese balde de agua fría, ese golpe en la boca del estómago, que despelleja cada ilusión armada como castillo de arena. Esa confesión cayó sobre el césped como caía el Sol sobre la fina e imprecisa línea del horizonte, consiguiendo que el cajón de sueños de que se alimentaba fuera profanado.

Su respuesta, una vez más, fue el silencio. ¿Qué otra cosa le quedaba? Días después comprendería que quizás no hubiese sido la mejor decisión si tomaba en cuenta sus ambiciones, pero al menos sí la más honorable. Acababan de asesinar sus metas, pero no por eso debía hacer lo mismo. Repentinamente la inocencia de las jaulas se transformó en prisión, y la compañía amena se hizo tortuosa. Su vientre fue punto turístico de miles de insectos que con sus pequeñas patitas arañaron todo a su paso. La culpa vino justo después de eso. El miedo fue testigo de todo, y la desesperanza la última vista.

Después, cuando dicen que nunca hay que dejar de soñar, yo les digo que no se puede soñar con arañas en la panza.

Somos cíclopes

Juguemos a que es posible no perderse en tus ojos, a que la estrategia del cíclope a distancia no nos destroza a los dos. Juguemos a que no te sueño, a que no te pienso. Juguemos a que no vas a romper mis esquemas, a que no vas a atacar cada principio referido al amor que mi conciencia haya armado alguna vez. Juguemos a que no me miras y no te miro, a que no hay conexión alguna. Juguemos a que no te busco como se busca un tesoro y a que vos no esperas que te encuentre. Que no haya rapidez ni lentitud, paremos el tiempo. Juguemos a que me arrepiento de todo esto anteriormente dicho y a que, en un segundo, somos cíclopes y tus ojos sobre mis ojos significan mi boca sobre la tuya, y ahí si vamos a parar el tiempo, ahí sí nuestra guerra terminará en paz.

5 de septiembre de 2015

Callarme las preguntas y vivir a tu sombra

Había más luz en el cuarto de la que hubiera deseado en un primer momento, pero después de dar algunos pasos hasta vos y entornar la mirada, me alegré de que la luz natural que se filtraba por las ventanas iluminara particularmente tus manos. Era la primera vez que las veía en movimiento, y así como lo había imaginado, de ellas emanaba magia. A decir verdad, ya no sé si era magia o música, pero veía flotar sobre ellas algo así como una hilera de notas musicales invisibles mezcladas con un arcoiris de colores. Jamás había visto algo así. No supe si ese hechizo era elaborado por tus manos dedicadas o por la intensidad con que tus ojos oscuros miraban lo que hacías. Tu concentración te impedía sentirme, incluso aunque nuestra distancia se resumía a dos pasos. Yo era sólo una sombra, pero vos brillabas en medio de la blancura.
Brillabas con la pasión de los movimientos ágiles de tu muñeca. Aparecías y desaparecías cada vez que parpadeabas para imaginar en tu mente lo que después plasmarías en lo material. Casi podía ver la imagen destornillándose dentro de tu cabeza, a través de tu cráneo, y vos casi que podías acompañar esa visión con todos los sentidos. Olías, sentías, escuchabas, olfateabas cada retazo, cada pequeño centímetro cuadrado. Deseé ser color, línea, tinta, pero continúe siendo sombra. Había algo en la manera en que tus hombros se acomodaban ligeramente, en cómo los labios se te entreabrían de a ratos, en la presión de tus globos oculares, que traducía cada sentimiento que te cruzaba por el cuerpo. Desde la sombra noté cuán afortunada era por presenciarte así.
¿Cómo quejarme? ¿Cómo pedirte atención cuando estabas exactamente en tu lugar feliz en el mundo? ¿Cómo pretender otra cosa con semejante acto de devoción desinteresado y puro?
Entonces comprendí que vos eras mi obra de arte anhelada, aquel pedazo de infinito que jamás podría alcanzar y tampoco quería hacerlo, porque era esa lejanía la que te daba el carácter de mágico.

Y como es tu misterio lo que me gusta, prefiero callarme las preguntas y vivir a tu sombra.