- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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27 de junio de 2015

Que la libertad me de las respuestas

No recuerdo cuándo me enredé con la primer soga. Quizá fue imperceptible o quizá yo misma la busqué con el objetivo de no moverme de mi lugar, de no dar pasos arriesgados. En esta sociedad de prejuicios y etiquetas todo es arriesgado. En algún momento que no noté, otra soga me clausuró el movimiento de los brazos y las piernas. La tercer soga sí la percibí, pero ya era tarde. Ésta fue violenta y represiva, y fue cómplice de las primeras dos que, como matones, sólo la ayudaron a apriosionarme. Llegué a tener sogas en cada parte del cuerpo, tapando cada retazo de mi piel. Me cubrían la boca, los ojos, los oídos, me clausuraban los brazos, las piernas, las manos, los dedos. Me cubrieron el sexo y la garganta, con tal fiereza que me dolía respirar. He pasado años preguntándome quién soy y cómo liberarme, me he estado cuestionando cosas que creía claras y ahora son sólo un mar de dudas.

Pero tu beso me desató, nena, y en el torbellino de mi búsqueda encontraré las respuestas.

Café

Cuando la dejé, todavía tenía olor a café en sus labios. También yo lo tenía cuando él me dejó ese domingo por la noche. Incluso ese otro, que iba a venir por mi con inocentes intenciones, cargaba de por medio con la excusa de un café. Creo fervientemente que esa bebida comienza a atar cabos sueltos en mi vida, que se manifestará para unirme con otras personas.
Tenía aliento a café a pesar de que no lo había tomado, quizá mis ganas de que no se fuera y que se quedara a merendar conmigo toda la tarde, hicieron que lo imaginara. Antes de irse me pidió que me cuidara y se marchó dejando la estela de la lejanía que la caracteriza. Cuando cruzó la calle, pensé que incluso si un auto la chocaba sería incapaz de dañarla: creí que pasaría a través de ella y ya.
No fue lo mismo que pensé de él, a quien en cambio hubiese deseado que lo chocaran con fuerza (sólo en un instante de furia, no en mi verdadero yo). El café nunca fue un punto de unión para nosotros, creo que debía haberme dado cuenta desde entonces sobre cómo sería el final. Su boca nunca fue café, y de serlo, era el café amargo con el que jamás podría simpatizar. Su lengua era edulcorante, falso y dañino.
A ese otro quería tenerlo dentro de un auto, sólo nosotros, por primera y única vez, sin que me importara el sabor de su lengua ni sus preferencias, pero eso ya es otra cosa.
Recuerdo que a mi amor de verano no le gustaba el café, seguramente por eso fue sólo de verano. ¿Cómo no desear un placer tan exquisito? Lo contrario me pasaba con aquella, cuya adicción al café era tan obscena que sentí que lo profanaba. Siendo sagrado, siendo algo sublime, calificarse de adicta al mismo me parecía un ultraje. Una adicción es algo negativo, y no debería considerarse nada negativo en cuanto al café.
Y ya sé qué busco, y sé que no lo voy a encontrar: esa persona enteramente café, que respire, mire, toque y bese café.
Sólo café.
Que café sea.

19 de junio de 2015

Ernesto Perez Vallejo

"Porque si te quedas,
no sabrás que pienso cuando pienso tanto,
ni oirás un yo también después de un te amo,
porque jamás supe forzar una palabra
y ya es tarde para contradecir mi abecedario.
Y no sabré decir nunca que te quedes,
ni aunque sea mi deseo primordial
porque si yo pudiera irme de mi mismo,
también lo haría.

Ni siquiera si decides quedarte
podré escribir algún verso decente en tu nombre
porque sería demasiado feliz
para ser poeta."

Silencio. Respiro. Aplausos.

"
Tú sembrarás en cada duda un adjetivo bonito,
en cada complejo tu boca
le hará el amor a mi ego,
en cada herida otra herida,
en cada luz otro eclipse,
en cada ron dos de besos.
Y dirás con voz de eternamente
que nadie se interpondrá entre nosotros,
que nadie te ha besado como yo,
que nadie te ha follado como yo.

Y esta vez "nadie" quizás sea rubio
y tenga dragones tatuados en la espalda,
o un moreno de esos con ático en los ojos
y boca de cuento de hadas
y comieron perdices.


Diecisiete, dieciocho,diecinueve y veinte.
- Voy. Dije.

Pero ya no estabas.

Y yo claro, he empezado a contar otra vez.
Por si acaso."

16 de junio de 2015

El beso y se va.

Sabe despeinarme los suspiros cuando no lo espero. No sé si lo ignora o simplemente lo que está ignorando es a mi. Me involucro en un viaje hasta sus labios que mis remos nunca alcanzan, en cambio ella con un sólo parpadeo ya me dejó el saludo de un roce de bocas. Un beso y me deja ir, o se va ella, o nos vamos juntas pero siempre por caminos distintos. Después del contacto, encontrarla es una odisea. Busco una manera de acercarme en sus palabras pero siempre es distante, dibuja esa barrera que no sé si imagino o si ella la deja caer sutilmente. Está allí, intangible, entre las dos.
La distancia me hace olvidar cuánto la deseo, me canso de la lucha, los brazos se me desmayan a cada lado del cuerpo. Es tan salvaje y tan dulce, tan lisa y enigmática. Un enigma que no cierra en sus labios, que se expande hasta su mente. Una mente que está lejos, y siempre pero siempre me sujeta desde un hilo tan fino que a veces nos olvidamos de él.
Y cuando me canso, pequeña estrella, volves en un suspiro, en un roce, en una palabra, en un abrazo, en una canción al oído. Entonces vuelvo al bote, pero cuando calzo los remos ya estas lejos nuevamente.

El buen ruido.

No entiendo por qué es así conmigo. No entiendo por qué me besa en la mañana a pesar de mi posible mal aliento y por qué me acaricia el pelo hasta que duermo. No lo entiendo, de veras. Mi terapeuta dice que debo dejar de buscar una explicación a todo, que tengo que empezar a aprender que no todo tiene justificación y que muchas veces los motivos se desconocen. Eso tampoco lo entiendo. ¿Cómo no morirme de intriga al desconocer el origen que confecciona sus impulsos?
El contraste de sus párpados negros y ojos penetrantes con su boca roja me desespera, siento que si no la beso estaría cometiendo un pecado. Besarla también lo es, porque me lleva a pensamientos indebidos que deberían estar prohibidos en el cielo al que, sabemos, ninguna de las dos va a ir. Ni queremos hacerlo tampoco, el cielo es para ineptos. Mi cielo es mi boca en su cuello y un gemido en su garganta. Mi cielo es el abrazo entre la muchedumbre que nos traslada a a una falsa realidad, donde sólo estamos las dos y un sin fin de caricias. No necesito otra cosa que su menuda figura entre mis brazos, a la que pueda amar y corromper.
Ella dice que su felicidad está en mi voz leyéndole a Bukowski, que contra lo único que vale la pena luchar en esta vida es contra la cortina negra que hace mi pelo entre su rostro y mi rostro. Dice que no le importa atravesarla, romperla, despeinarla, si del otro lado está mi boca.
Sé que me gustaría derretirme bajo su cuerpo y sé que a ella le gustaría, y que no le molestaría que The Cure suene de fondo. Sé que piensa lo que yo pienso en el mismo momento, sé que seríamos perfectas actrices en alguna película de asesinas seriales - y que actuaríamos desde lo más profundo -. Sé por qué la amo, y es porque no es una mujer corriente. Sé que no busca lo común y que entiende la soledad, y que Bukowski la utilizaría como musa para miles de poemas que me pondrían celosa. Me ha dicho que, por momentos, soy capaz de robarle el alma, que adora los puntos en mi cara que ella llama pecas y yo llamo desgracias, que por mis palabras es capaz de creer cualquier cosa.

Me ha dicho que quiere curarme el alma, porque ha visto los agujeros negros que hay en ella y no se ha acobardado. Dice que me cicatrizará con abrazos, besos, y muchísimo sexo. Yo sólo pienso que es perfecta. Y sigo sin entender cómo la vida, que es tan puta y nos acribilla constantemente, decidió tener un acto de bondad y cruzarla en mi camino.

- ¿Por qué yo? - le he preguntado.
- Porque no esperas que te ame, sólo estas ahí para darme lo mismo que yo a vos. Sin esperar nada a cambio. Porque al final del día, todo es igual excepto verte, excepto hablarte. Sos de otro mundo. -

No es necesario decir qué hice con ella después de esa respuesta, sólo diré que The Cure dejó de escucharse camuflado por los ruidos de algo más. Nuestros ruidos, el buen ruido.

13 de junio de 2015

Estoy segura de que has vuelto al cigarrillo.
En realidad creo que nunca lo dejaste.
Su perniciosa presencia continuaba
en tus sueños más placenteros,
en los deseos frustrados
y en las mentiras que me decías.

10 de junio de 2015

No quiere amor.

Él no quiere amor,
y es eso lo que me gusta.
No quiere corazones,
ni fidelidades,
ni cariño incondicional.
Eso me lo grita.
No siente nada,
no le preocupa tampoco.
Él no dibuja mundos
repletos de caricias dulces.
Él quiere placer,
placer del más crudo.
No me ha vendido
una imagen de película.
Me ha dicho que es sucio,
que los besos son lo suyo,
y que disfruta de la cama
sólo si hay alguien más.

Eso último me sacó un suspiro.

En algún punto mi curiosidad
pregunta cómo es posible
que seamos tan diferentes,
y que aún así conectemos
como si mi lengua fuera suya
y sus dedos míos.
Nunca me había desvelado
una noche entera
pensando en una segunda luna,
nunca había viajado
con esta sonrisa en la boca,
que carga un origen tan perverso.

Yo no sé cómo haces, pero me volves tormenta.

Y sé que te quiero ahora
porque todavía no caigo
en que en realidad no te quiero.
Que te quiero porque creo querer
eso que ofreces pero que es impuro
y que a la larga me dejará vacía.
No demandas nada,
a cambio me regalas todo:
tu sexo, tu boca y tus manos.
¿Hasta cuándo será suficiente?
Sabemos que sos como témpano,
y yo sólo sólo necesito calor.

Ojalá fuese el superficial calor de tus besos húmedos.

Nuevamente insisto
con el pesimismo que cargo,
y que en gran parte compartís.
Digo que no hay amor que valga,
que he dejado de creer en eso,
pero inocentemente todavía espero.
Vos no decís nada,
por eso amo tus silencios.
Preferís callar a mentirme.
Eso no te impide ser sugerente
y decirme que en una cama
sos capaz de hacerme olvidar todo.

Y te lo creo, te lo creo y lo deseo.

Sólo que cuando el dolor
golpea la ventana de la realidad,
ambos sabemos una cosa:
que puede ser satisfactorio
pero que no es suficiente para mi
y que el placer no dura toda la vida.
Tampoco el amor,
pero me esfuerzo mas en creer eso,
porque no me cierra
que lo sexual sea más eficiente
que lo que siente el corazón
Aunque el día a día lo demuestra.

Y puede llegar el día en que un café sea lo mismo que sexo.

Él no quiere amor
y por eso escribo esto.
Creo que me excita la idea
de su sinceridad abrupta.
De saber que sueña conmigo,
pero son siempre sueños mojados.
Y a decir verdad no me importa,
me halaga saber que me manifiesto
en algún inmundo inconsciente.
Y que aunque su dueño
no sea el amor de mi vida
siempre podrá hacerme reír un poco.

Hacerme reír después de un orgasmo, porque son esas las mejores risas.