- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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25 de noviembre de 2010

Pride & Prejudice.

–– He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente. ––

# Mr. DarcyOrgullo y Prejuicio. Jane Austen.

20 de noviembre de 2010

Casi Angeles, capítulo 63.

Mar.
- ¿Algo para decirme? - 
Thiago.
Quisiera decirle que no se enamore de otro, quisiera pedirle que no me olvide.
- Ojalá seas muy feliz. - 
Mar.
Ai, quisiera decirle que sólo puedo ser feliz con él.
- Gracias, y vos también. - 

Casi Angeles, capítulo 58.

"Mar yo sé que te lastime mucho, pero no sé por qué lo hice. Te juro que no sé. Me quiero matar. Pero hay algo que es cierto... más allá de todo eso, yo te amo. Yo te amo. Y tal vez te enfurezca mucho escucharme decir esto, sabes que fui muy jodido, pero te amo. Te amo."

17 de noviembre de 2010

Él era la belleza encarnada, anhelada, y respetada.

Me cansé de escribir sobre mujeres, y para que no digan que soy ni feminista, ni machista, ni babosa, ni nada por el estilo, luego de un par de escritos descriptivos de personajes femeninos, aquí va una contra.

Hombre, también es sinónimo de belleza.

Eso era belleza. Él era puro, fresco, y animado. Algunos dicen que la belleza, está en los ojos de quien la observa. Pero no había titubeos con ese muchacho. Quien lo veía lo encontraba perfecto, lo encontraba apasionado, vehemente. Tenía una personalidad intensa, determinada, un brillo particular en la mirada de ojos mieles, que no se comparaba con ningún otro, pues era pícaro, pero ingenuo al mismo tiempo. Su sonrisa prendía focos con su luz, con su simpatía. Era querido por todos, y envidiado por muchos más. Él era la belleza encarnada, anhelada, y respetada.

Los rizos de color cobre en su cabello combinaban perfectamente con lo apenas tostado de su piel homogénea, sana. Su aspecto era de hombre elegante, buen mozo. Era alto, de hombros grandes, cuello largo y ancho, con su nuez de Adán sobresaliendo. Brazos y piernas tonificados a simple vista, conservaba esa masculinidad de hombre completo que a pocos le quedan. Y eso, eso provocaba los suspiros de más de una muchacha al pasar, de pañuelos blancos siempre recogidos, y poemas confesores y cartas de amor jamás entregadas.

Era amable, sencillo. Elocuente, pero controlado. Divertido, no hacía uso de la ironía. Su pureza resaltaba en él, como una moneda sobre el asfalto blanco opaco. No fingía, era quien era, y así lo aceptabas. Lo tomabas, o lo dejabas, esa era tu decisión. Él era perfecto, una deidad a no ser por ese pequeño talón de Aquiles. Ese tonto gran error.

No debiste nunca enamorarte. No de ella. 
Eso terminó matándote.

12 de noviembre de 2010

Bajo la alfombra, por Esteban Caminos.


Pasaron dos semanas y volvió a suceder.

“No es posible”, pensó con desesperación el hombre.
Con la furia retratada en su rostro, levantó una silla Chippendale, orgullo de su colección de muebles antiguos, y con fuerza la tiró sobre el bulto que estaba debajo de su alfombra persa.
¡Sorpresa!, a pesar de que la silla se deshizo en pedazos, al levantar la alfombra sólo encontró una zona desértica.
El hombre se puso muy pálido, hablaba sin cordura; enalteciendo el tono de su voz, escuchó un ruido sordo, ahogado, continuo, semejante al ruido producido por el ‘’tic-tac’’ de un reloj antiguo; pero se exaltó aún más cuando advirtió que el ruido desaforado lo estaba produciendo su propio corazón. No podía respirar, no se puede precisar el tiempo transcurrido, pudieron haber sido unos cuantos minutos o tal vez horas, ¡no lo sabría!, sintió agonía; la vista se le nubló, y de repente, la oscuridad más absoluta y tenebrosa lo envolvió, perdió el conocimiento y se sumergió en la infinidad de la nada.
 —Ahora, ¿no me vas a lanzar otra silla? — preguntó una inmunda aberración del tamaño de un peluche de felpa.
El hombre vio aquel engendro, no podía dar crédito a lo que observaba: algo pequeño, redondo con cuerpo marrano, una carita simiesca que reflejaba maldad, sus ojillos con mirada irónica y una desagradable sonrisa deformaba la parte inferior de la cara.
 Con miedo le contestó:
— Tú no existes, ¡no es posible, que te hayas escapado del infierno! — Afirmó con angustia y pálpitos de inseguridad— Yo no creo en el infierno ni en el cielo.
— Recuerda lo que te decían el padre Coruco, como llamabas al sacerdote amigo de tu mamá, y justamente, tu mismísima madre, acerca de lo que pasaría si te portabas mal —dijo la cosa.
— ¡No es cierto! —Exclamó—, yo no me porto mal. ¿Por qué me molestas sólo de noche? —quiso saber el hombre.
— Porque de día estás muy contento, en el lugar donde dices que trabajas en compañía de los otros abogados compañeros tuyos, que sólo se dedican a robar, lavar dinero, estafar, pero ¡eso sí!, todo dentro de la ley, a diferencia de cuando te robabas el dinero que tu mamita escondía debajo de la alfombra, e ibas a la sala de videojuegos, donde siempre perdías en los asteroides o el Pac-Man —.
— Sé que hago a mi razón violencia cuando hablo contigo, ¡sin embargo!, desaparece de mi vista trasgo maldito. Pero antes, una pregunta: ¿quién te envía? ¿Cómo se llama tu jefe? ¿Acaso, es Mefistófeles? — Preguntó el hombre.
—JaJaJa —rió con sarcasmo la cosa—, bien sabes que Mefistófeles no existe. ¿Por qué no me preguntas quién soy yo? Mi jefe eres tú, yo soy… ¡tu conciencia!
Esteban D. Caminos
(12/10/2010)

9 de noviembre de 2010

Virus.

Es como un virus, que entra, deshace, se divide, se modifica. Destroza cuánto y cuándo puede, sin veleidades ni reparos. Sofoca, ahoga, imagina. Dramatiza.
Afecta puntos débiles, distintos en cada persona. Produce dolor, el más profundo que en el momento puede crear. Sube la temperatura de tu cuerpo, mientras feliz, el asesino, sigue con su única labor.
Ni siquiera las más frescas brisas lo logran, tampoco eso que llaman remedios, y que no remedian nada.
Son horas, horas de presión insufrible. Y no te deja pensar, porque claro, no quiero que encuentres soluciones; y te seca los ojos, pero aunque parpadees, ¿qué logras? Nada, exacto.
Tu soledad peligra, y sabes que si muere tu cabeza va con ella.
Por momentos pequeños de tiempo, tu cerebro se sienta libre, sano, sereno después de tanta lucha. Más el virus cotidiano reaparece, con más fuerza, emocionado. Con esa sonrisa maléfica y gloriosa en el rostro enfermizo.
Te despeinas frenéticamente, aferrando el cuero cabelludo con tus añejos y desgarbados dedos, sintiendo la transpiración que el enemigo consigue. No es posible, ¿cuándo aprendió a desarrollarse y a entrenarse para matarte? 
Aún así, reconoces el drama en tus ofuscados y obscuros pensamientos, después de todo, es sólo una jaqueca, un simple dolor de cabeza.

8 de noviembre de 2010

Falsedad VS. Ingenuidad.

Que me llamen rencorosa, envidiosa. Resignada. Tal vez lo sea, tal vez no. Pero hay una sola cosa que puedo afirmar, y pongo mi piel y mi sangre sobre ella. La gente, la gente es mala. Y lastima. Aunque claro, a veces creen que con unas disculpas, o un par de frases fabricadas todo puede girar en torno a ellas.

Yo sé la cruda realidad. Yo creo saber en quién se puede confiar, y en quién no.

Me he equivocado tantas veces, tantas. He tenido personas a mi lado a quienes quise mucho, y amé sin razones demasiado válidas. Entregué mi cariño, mi oído, mi corazón. ¿Para qué? ¿Sirvió de algo? Claro, la pregunta sería si sirvió de algo que no haya sido hacerme llorar sobre la cama de mis padres, como una idiota, como una ingenua.

Y hoy veo en ella tanta pureza, tanta amabilidad. Y digo, no seas tonta, a mi me pasó. Es la misma persona de siempre, no cambió. Pero, ¿quién soy yo para justificar el grado benigno de una persona a la cual apenas conozco? Nadie, por supuesto.

Aún así, no quiero que quién lastimó, quién criticó, quién abusó, se coloque la corona de princesita del mundo y dibuje una sonrisa falsa en su rostro. ESO, no es pura mentira. Una horrible farsa, tan grande que no tiene palabras.

No voy a poder decir, "yo te lo dije", o "te había avisado", porque la culpa también es de ella, la que abrió los brazos, la que dejó que su ingenuidad y su buen pensamiento de la gente la marginara. Sólo quiero equivocarme, quiero poder admitir que estaba errónea. Más no estoy muy segura de esto. Espero, amiga, que no te traicionen como lo han hecho conmigo y mi pasada faceta de niña buena.

Ámame.

Ámame, ámame ahora. Ámame ahora que la primavera nos alcanzó, y que el fruto está maduro. Ámame, pero ámame sin condiciones, porque no estoy para titubeos ni interrupciones. Ámame, si, fresca y pasionalmente, con  intensidad, con corazón. Con sangre caliente y roja que corra por tus venas.

Ámame, deja que nazca. Ámame con la fuerza y la ferocidad de quien escala montañas, e intenta con el pensamiento hacerlas más pequeñas y confortables. Ámame, sólo un segundo. Que mis besos tienen algo que obsequiarte aquí en mi hogar, y que callan plegarias para no chillar.

Ámame, que el silencio perdure. No necesitamos frases ni palabrería, que tú eres para mi, y yo soy para ti, y a eso no hay vuelta de rosca que darle. Ámame, porque yo te lo pido. Demostrándote que lo necesito con la vehemencia de un esclavo. Esclavo. Esclavo de amor.

Ámame, la respiración no es suficiente. Un suspiro ahogado y anhelado va a terminar por destrozarme, no quiero, no quiero hacer otra cosa que no sea amarte. Respirar es algo tan banal. Ámame, que la noche se sella en el horizonte, y sólo tus ojos de color caoba son mi única y perfecta rendición.