- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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1 de junio de 2017

Tu refugio de la Enajenación

No te escondas. Regresa de la cueva en la que te metiste. Olvidate de las responsabilidades, y del monstruo social que hay afuera arrastrando todo con sus pasos en manada. Si queres puedo meterme con vos, en esa cueva. Si queres, si me dejas, si no te parece que el tiempo que crees escaso se te escurre más rápido entre las manos cuando yo estoy. Haceme creer que conmigo los segundos no corren, porque si ninguno de nosotros piensa en eso entonces el segundero es aún más veloz, y nosotros cada vez estamos más lejos el uno del otro.

¿Por qué esa sensación? ¿Por qué si cuando salis de la cueva y respiras de mi aire o cuando yo me quedo dentro haciéndote compañía no pareciera haber nada que pueda con nosotros? Ni siquiera puede vencernos ese monstruo al que le he puesto Enajenación.

Tus silencios son la representación empírica de tu encierro. Y si nunca habías sido una persona de muchas palabras ahora mismo extraño el tono de tu voz, que no olvido y de hecho añoro. No me importa si para obtenertelo tengo que hacerte gritar, no me importa si fruncis el ceño, si me alejas, si me ignoras de forma inconsciente. No me importa nada de eso porque en tu abrazo la felicidad es pura y real, y porque en el brillo marrón de tus ojos, que tan poca cosa te parece yo sé, que no necesito nada más.

Confío en tu rugido y en tu lógica, aunque ninguno de ellos podrá, jamás, convivir con el otro.


14 de marzo de 2017

Alma y el interruptor.

Alma enciende el interruptor, pero no prende la luz. Se trata de otro tipo de interruptor, uno que bloquea la culpa. En ese momento, Alma salta, juega, ríe, besa, ama, coge, y puede hacerlo con libertad. Le atrae reflexionar sobre el concepto de libertad, sobre lo que realmente significa y la definición que se le atribuye. Alma ha aceptado que no es libre, que no lo ha sido nunca y tampoco lo será. De hecho, está segura de que nadie lo es, que la prisión puede ser externa o interna, impuesta o permisiva, ajena o propia, y que en distintos niveles somos prisioneros de distintas cosas. Alma se aprisiona en la culpa. Le da culpa ser feliz, gozar, desnudarse de todo tipo de ataduras. Se ha convencido de que es un ser triste, y que esos pequeños flashes de risas significan pecado. Una manzana prohibida que tendrá su castigo. Entonces se redime, pide disculpas a la nada misma, se autoflagela metafóricamente y, casi sin notarlo, vuelve a encender el interruptor.

7 de diciembre de 2016

Las líneas de Alma

Alma tenía ocho años entonces. Caminaba sobre las uniones de baldosas rojas de gran tamaño. No pisaba el interior, sólo las líneas. Giraba hacia un lado, después al otro, había inventado un laberinto donde no había minotauro que la persiguiera pero si un hilo de Ariadna a quien seguir. Hilo que eran las líneas. Le gustaban las líneas, representaban orden, seguridad, límites claros, una ligera sensación de aventura y de intriga, pero sobre todo porque sabían guiarla, porque por ellas podía dar el siguiente paso. Lo único que la hacía dudar por las noches, cuando despertaba de sueños de líneas perfectamente dibujadas, era que esas líneas nunca las hacía ella, siempre eran confeccionadas por alguien más, de la forma en que alguien más quería. Alma sólo caminaba sobre ellas, las exploraba, las memorizaba, y hasta llegaba a quererlas. Eran su mapa y su rumbo.

Alma jamás detenía su recorrido. Pasaba de un tipo de líneas a otras, siempre pisándolas, dejando su huella en ellas. Primero eran líneas grises rodeadas de marrón, después eran negras entre baldosas plateadas, incluso una vez se encontró ante el desafío de líneas curvas, rodeadas de un empedrado. Un día, la línea que seguía terminó. Alma nunca había imaginado un mundo sin líneas. Por primera vez en mucho tiempo, en sus paseos diarios, alzó la cabeza y vio toda una superficie plana, sin líneas.

Ese día Alma lloró mucho, y no paraba de repetir que estaba perdida, a pesar de que su madre estaba a su lado tomándole una mano y su abuela la llamaba desde la entrada de su casa.


Oscuridad

Qué rápido que se decepciona a los demás, de hecho creo que nací con un don para hacerlo. Debo haber nacido en un mundo con expectativas muy altas, o con un talento irrefrenable para desentenderlas. ¿Esto se trata de las intenciones? ¿Debo replantear algo de eso? Porque parece que incluso cuando las intenciones son buenas, si el fracaso está destinado no hay forma de esquivarlo. Como al fin y al cabo no se puede evitar la muerte. Quizás nadie sepa "por dónde va mi vida", y una parte de mi se pregunta por qué tendrían que saberlo, cuando es mi vida y no la de ellos. 

Insisto en este punto, es fácil conseguir que la gente se enoje conmigo, ¿acaso soy tan poco comprometida? De ser así, ¿por qué luchan contra eso? ¿Por qué no me dejan en mi defectibilidad? ¿Dónde empieza la búsqueda de la armonía y dónde termina el deseo de controlar todo? Sé muy bien de eso, por lo menos mi deseo de control va hacia mi misma. Un intento fallido está claro. 

Que bendigan a la pobre persona que pueda controlarse en su plenitud, jamás conocerá la sorpresa de la espontaneidad.

¿Qué es una expectativa? ¿Es correcto tener una? ¿Hasta qué punto las expectativas generan el orden social y hasta qué punto lo alteran? ¿Por qué debemos esperar que los demás actúen de cierta forma lógica o moral? ¿Por qué mi libertad se haya tan limitada en consecuencia de los deseos ajenos? 

Y si pierdo una tarde entera con los ojos en los sueños, ¿quién se perjudica o beneficia? ¿Cuánto del tiempo propio se debe gastar en pos de los demás? ¿Por qué los fantasmas de las buenas impresiones siempre se esconden bajo la cama, o en el placard, o en la sombra misma?

Aún busco el capítulo donde empiezo a ser yo y no un borrador de alguien más. Aún pruebo mi firma para saber cuál se parece más a mi. Me identifico con nuevas enfermedades, con distintas relaciones, con sesiones de terapia que resultan más productivas que otras. Me hallo en libros, me pierdo en series. Me felicito y me castigo constantemente, aunque tengo que admitir que últimamente sirve más castigarse. Me callo la mayoría del tiempo y cuando hablo es para ocultar lo que callo. Soy un mago que distrae a su público mientras esconde otra cosa. Sólo que no sé qué escondo. Prefiero no hablar de ello. No aceptar las angustias, las significaciones donde es mejor victimizarse, donde en cada batalla que pierdo yo misma me escarifico y crucifico a mi vencedor. Por que todo eso es parte de mi oscuridad, mi hábitat más frecuentado. Y como no quiero arrastrar a nadie acá, vago entre la luz y la oscuridad, por lo que a veces soy visible y a veces me escondo. Por eso el silencio, y el aura negativa. Y este lugar se está ganando mi cariño lentamente.

20 de septiembre de 2016

Alma en lluvia.

Alma camina de un lado al otro del cuarto. Se despeina el cabello, se detiene, continúa, apreta la mandíbula, recuerda que el dentista le diagnosticó bruxismo, vuelve a detenerse junto a la cama y en ella se desploma. Afuera la lluvia cae densa y los truenos retumban tanto que dan miedo. Suspira pesadamente, sabiéndose en el papel de víctima, y como aceptar eso no le agrada, se distrae analizando su habitación, hundida entre almohadones. El espejo está cubierto con una sábana blanca, hay tanto desorden que sólo ver le genera ansiedad, hay restos de comida por todos lados, zapatos, peines, cremas, vasos, ropa interior, apuntes, libros, carteras.

Se tapa los ojos con un almohadón. No puede reconocerse en ningún sitio, ni siquiera en su propia habitación. Decidió prohibirle al espejo devolverle esa imagen ojerosa y extraña. Esa no es ella, esa figura vacía y apelotonada que la mira desde el otro lado del cristal. Bufa contra la piel de la almohada, la hace un bollo entre sus dedos y la revolea lejos, hasta la otra punta del cuarto. Se pone de pie, grita apretándose la cara con los dedos, patea la cama y corre hasta una de las paredes y arranca cada una de las fotos que hay allí pegadas.

Lo piensa. No hace nada de eso. Alma busca en su pecho alguna respuesta, porque sabe que su mente se ha bloqueado por completo en la mayor de las traiciones. Su pecho duele - recuerda que le diagnosticaron ansiedad - y su rostro se frunce y de él caen dos lágrimas, una por cada ojo.

Se observa desde afuera, se ríe de sí misma. Otras dos lágrimas caen, de la misma forma. Se limpia con el dorso de la mano y humedece la camisa. Vuelve a reír, las mangas están sucias de tanto uso. Se incorpora de manera torpe, se acomoda el cabello en una cola de caballo y huye. Huye de sí misma, y de sus ideas impulsivas. Alma sabe que no podrá correr por siempre, pero confía que por lo menos la lluvia que tanto odia la empape y la transforme. Desearía fundirse con la lluvia, sobria y triste. Vivir en gris, como los días nublados.

En la acera se echa, en la soledad de la tarde, y las gotas son tan gruesas que podrían descascarar hasta un edificio. Alma llora un poco, pero se detiene rápidamente. Sus preocupaciones merman con cada trueno, su miedo desaparece. La sangre le fluye al ritmo que el agua recorre su cuerpo. Lluvia cae. Lluvia también. Y de Alma ya nada sabemos.

19 de septiembre de 2016

Quise ir contra todo lo que alguna vez me había enseñado la experiencia. Los espacios vacíos, los riesgos, la caída libre sin ninguna protección. Las confesiones con el corazón en la mano, la entrega absoluta, los viajes que abren la mente y el alma. Quise ir contra todo eso y evitarlo, porque siempre es más fácil salir herido si la armadura no se tiene puesta en su lugar.

Pero he aprendido que la armadura no sirve de nada, y que si la hendidura de la espada tiene que llegar, lo hará de cualquier forma. He aprendido que es mejor estar desnudo, así por lo menos incluso la herida cicatrizará más rápido, tan rápido como penetrará. Y si debo morir, moriré peleando. Intentando.

Creí que todo este tiempo estaba haciéndolo, y no era así.

8 de septiembre de 2016

No me creyó cuando le dije que lo quería. Eramos sólo unos niños pero jamás lo he olvidado.Creo que eso ha causado todos mis tropiezos en el camino que he recorrido hasta ahora. Había algo de mi que jamás le gustó, o quizás toda mi persona le resultaba insuficiente. Era eso, como si no llenara las expectativas de sus ilusiones.

Me besaba como si el mundo se le fuese en ello, como si sujetarse de mi cabello fuese su único cable a tierra. Pero cuando abría los ojos, su mirada nunca estaba encendida.

Una vez lo encontré mirando a la profesora de geografía en medio de la clase, pero supo excusarse diciendo que era una materia que amaba. Si le preguntabas cuál era la capital de Buenos Aires titubeaba y se reía, como si le resultara gracioso que lo pusiera a prueba. No le gustaba que le hiciera preguntas, se sentía invadido. Para él, si el amor no era como el de una película no era amor. Era antinatural, y no estaba bien. Fue esa nuestra primer discusión.

Eres hermosa. Es sólo un niño. Mi madre siempre buscaba ponerse de mi lado, y yo elegía creerle para hacer la situación más sencilla. Nunca fue un niño, sino un apasionado de sus propias filosofías. Quería impresionarme con sus modos rudos y fumando habanos, pero no era ese el motivo por el que le permitía ver mi sostén. Era algo en su modo de hablar, en su determinación. Siempre supe que escribía pero nunca me lo dijo. Ni siquiera diez años después, cuando lo encontré en un bar tomando un café y escribiendo en una servilleta sucia, ni siquiera entonces lo aceptó. ¿Ya eres un escritor consagrado? Alzó la vista, y cuando me reconoció, me encontré de nuevo con esa mirada apagada.
Y un día, se quejó tanto que se volvió una nube negra y se evaporó.