- Arde tu corazón donde el espanto hiela -

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7 de octubre de 2018

Coqueteaste con lo oscuro.

Quizás no tenga derecho.
Bueno, en realidad,
debería borrar 
lo primero que escribí,
y empezar de nuevo.

Ahora sí. 
¿Has sentido alguna vez
que algo no es correcto
pero que de todas formas
debes hacerlo?

Me animaría a decir que sí.
Pareces ser de esas personas.

Yo, en cambio,
no puedo estar más lejos de eso.
Aún así aquí estoy,
pensando y escribiéndote,
como si no hubiera otra alternativa.

Discúlpame la introducción
eterna, para variar,
no sé cómo decir esto.
Me ha tomado veintidós versos
y contando.

No quiero que te pierdas.
Por favor, no te pierdas.

Quizás no tenga derecho.
Esta vez no voy a borrar nada,
sé que no lo tengo y
a decir verdad
me importa muy poco.

He leído cosas 
que me han recordado a ti,
y decidí escribirte por eso,
para que tengas presente
que te tengo presente.

Cuánta redundancia barata,
es que he perdido el ejercicio.

De hecho ya no sé ni qué digo.
Sólo que quisiera haber 
aparecido un poco antes.
Aunque sé - lo sé -,
que no hubiera modificado nada.

No te pierdas, por favor.
No lo hagas.
No lo hagas.
Por favor.
No lo hagas.

Una cosa es coquetear con lo oscuro,
y otra atarte a ello. 

No te pierdas, por favor.
No lo hagas.
No lo hagas.
Por favor.
No.

27 de septiembre de 2018

Afrodita o nada.

¿Notaron ya que
cuando se trata de poesía contemporánea
la mujer siempre es puta
y es el hombre el que gana?

Yo me pregunto, ahora,
si las mujeres sexualmente ortodoxas
no tienen lugar
ni métrica
ni atractivo suficiente
para ser parte de una rima.

¿Dónde quedan los besos
que no encienden luces de colores
que no se convierten en fuegos artificiales
que no traen mares a las orillas?

Porque ser un campeón en la cama
o una musa del sexo liberal,
dos pares de piernas que se enredan
entre las sábanas,
o a veces más de dos.
Eso parece sencillo
a la hora de escribir.
Pero no siempre es real.

¿Y los bostezos?
¿Y el "no quiero, me duele la cabeza"?
¿Eso no es suficiente
para llenar una hoja en blanco?

Pareciera que si no hay
naufragios entre las piernas
mástiles decorando la escena
sonidos en cada rincón del cuarto
entonces, no vale la pena.
Quiero decir,
a la hora de los poemas,
está claro.

Acá es donde hago un quiebre.
Que el sexo merece ser contado
incluso, cuando ninguno los dos
haya acabado.


7 de agosto de 2018

La cueva.

Es tan lindo acá, en este sitio uniforme e ilimitado, irregular y cambiante, que he creado a mi alrededor. Un refugio dentro de mi cotidianidad. Una cueva clandestina incluso dentro de mi cabeza. Acá no entran los fantasmas del pasado ni los demonios del porvenir. No entran los los lobos hambrientos de carne con culpas pero tampoco la luz cálida del primer Sol. Disfrazo mi pequeño cuadrado. Lo decoro con el poder de mi mente. Lo lleno de sonrisas y finales felices. Inflo globos con una fuerza que no es mía, y los exhibo, para creerme lo que no soy.
Enciendo velas. Pienso en mi madre. Luego, la olvido. Canto un par de notas que, extrañamente, suenan bien. La cueva parece incluso un lugar feliz.
Pero es una mentira.
Acá hace frío, y cuando el telón de la obra se cierra, en el escenario caen todas las máscaras. Desaparece la escenografía. Me gustaría decir que quedan algunas tablas de madera que, aunque curtidas y chirriantes, sirven de sostén. Un andamio sobre el cual caminar. Pero no, ni siquiera eso.
Sólo está el suelo rocoso y frío de la cueva. La soledad. El miedo. La impotencia. La incertidumbre. La carencia. La crudeza. La realidad.
El refugio desaparece. No hay velas, ni sonrisas, ni globos. No hay finales felices. No hay nada.
De nuevo ese vacío, donde sentir cualquier cosa es algo que simplemente no sucede. Porque no quiero conectarme de nuevo. Porque no debo, porque no quiero, porque no puedo. Porque no soy tan valiente.

24 de septiembre de 2017

Cronológicamente desfasados.

Cronológicamente desfasados. Como si hubiésemos viajado juntos en una máquina del tiempo y cada uno terminó en una era distinta. Sin nada que darte que no tengas, sin nada que darme que realmente quieras obsequiar. Con los segundos contados, cronómetro en mano y la alarma de un despertador expectante. La alarma sonará en dos días, siete horas, veintitrés minutos. Tan cerca del recuerdo que puedo tocar los pinos con la yema de los dedos. O creo que puedo hacerlo, antes de volverme una miniatura de mi misma que sólo se aleja de lo que sus manos quieren alcanzar. ¿Te pasó alguna vez sentir que el mundo se vuelve gigante a tu alrededor y que todo aumenta, excepto vos? A mi me pasa seguido, por ejemplo ahora, en el que cada mensaje de texto fija una galaxia entre nosotros. Y no sé como viajar hacia allá. Tengo una máquina del tiempo, no un cohete espacial.

Dos horas, siete horas, cero minutos.

1 de junio de 2017

Tu refugio de la Enajenación

No te escondas. Regresa de la cueva en la que te metiste. Olvidate de las responsabilidades, y del monstruo social que hay afuera arrastrando todo con sus pasos en manada. Si queres puedo meterme con vos, en esa cueva. Si queres, si me dejas, si no te parece que el tiempo que crees escaso se te escurre más rápido entre las manos cuando yo estoy. Haceme creer que conmigo los segundos no corren, porque si ninguno de nosotros piensa en eso entonces el segundero es aún más veloz, y nosotros cada vez estamos más lejos el uno del otro.

¿Por qué esa sensación? ¿Por qué si cuando salis de la cueva y respiras de mi aire o cuando yo me quedo dentro haciéndote compañía no pareciera haber nada que pueda con nosotros? Ni siquiera puede vencernos ese monstruo al que le he puesto Enajenación.

Tus silencios son la representación empírica de tu encierro. Y si nunca habías sido una persona de muchas palabras ahora mismo extraño el tono de tu voz, que no olvido y de hecho añoro. No me importa si para obtenertelo tengo que hacerte gritar, no me importa si fruncis el ceño, si me alejas, si me ignoras de forma inconsciente. No me importa nada de eso porque en tu abrazo la felicidad es pura y real, y porque en el brillo marrón de tus ojos, que tan poca cosa te parece yo sé, que no necesito nada más.

Confío en tu rugido y en tu lógica, aunque ninguno de ellos podrá, jamás, convivir con el otro.


14 de marzo de 2017

Alma y el interruptor.

Alma enciende el interruptor, pero no prende la luz. Se trata de otro tipo de interruptor, uno que bloquea la culpa. En ese momento, Alma salta, juega, ríe, besa, ama, coge, y puede hacerlo con libertad. Le atrae reflexionar sobre el concepto de libertad, sobre lo que realmente significa y la definición que se le atribuye. Alma ha aceptado que no es libre, que no lo ha sido nunca y tampoco lo será. De hecho, está segura de que nadie lo es, que la prisión puede ser externa o interna, impuesta o permisiva, ajena o propia, y que en distintos niveles somos prisioneros de distintas cosas. Alma se aprisiona en la culpa. Le da culpa ser feliz, gozar, desnudarse de todo tipo de ataduras. Se ha convencido de que es un ser triste, y que esos pequeños flashes de risas significan pecado. Una manzana prohibida que tendrá su castigo. Entonces se redime, pide disculpas a la nada misma, se autoflagela metafóricamente y, casi sin notarlo, vuelve a encender el interruptor.

7 de diciembre de 2016

Las líneas de Alma

Alma tenía ocho años entonces. Caminaba sobre las uniones de baldosas rojas de gran tamaño. No pisaba el interior, sólo las líneas. Giraba hacia un lado, después al otro, había inventado un laberinto donde no había minotauro que la persiguiera pero si un hilo de Ariadna a quien seguir. Hilo que eran las líneas. Le gustaban las líneas, representaban orden, seguridad, límites claros, una ligera sensación de aventura y de intriga, pero sobre todo porque sabían guiarla, porque por ellas podía dar el siguiente paso. Lo único que la hacía dudar por las noches, cuando despertaba de sueños de líneas perfectamente dibujadas, era que esas líneas nunca las hacía ella, siempre eran confeccionadas por alguien más, de la forma en que alguien más quería. Alma sólo caminaba sobre ellas, las exploraba, las memorizaba, y hasta llegaba a quererlas. Eran su mapa y su rumbo.

Alma jamás detenía su recorrido. Pasaba de un tipo de líneas a otras, siempre pisándolas, dejando su huella en ellas. Primero eran líneas grises rodeadas de marrón, después eran negras entre baldosas plateadas, incluso una vez se encontró ante el desafío de líneas curvas, rodeadas de un empedrado. Un día, la línea que seguía terminó. Alma nunca había imaginado un mundo sin líneas. Por primera vez en mucho tiempo, en sus paseos diarios, alzó la cabeza y vio toda una superficie plana, sin líneas.

Ese día Alma lloró mucho, y no paraba de repetir que estaba perdida, a pesar de que su madre estaba a su lado tomándole una mano y su abuela la llamaba desde la entrada de su casa.


Oscuridad

Qué rápido que se decepciona a los demás, de hecho creo que nací con un don para hacerlo. Debo haber nacido en un mundo con expectativas muy altas, o con un talento irrefrenable para desentenderlas. ¿Esto se trata de las intenciones? ¿Debo replantear algo de eso? Porque parece que incluso cuando las intenciones son buenas, si el fracaso está destinado no hay forma de esquivarlo. Como al fin y al cabo no se puede evitar la muerte. Quizás nadie sepa "por dónde va mi vida", y una parte de mi se pregunta por qué tendrían que saberlo, cuando es mi vida y no la de ellos. 

Insisto en este punto, es fácil conseguir que la gente se enoje conmigo, ¿acaso soy tan poco comprometida? De ser así, ¿por qué luchan contra eso? ¿Por qué no me dejan en mi defectibilidad? ¿Dónde empieza la búsqueda de la armonía y dónde termina el deseo de controlar todo? Sé muy bien de eso, por lo menos mi deseo de control va hacia mi misma. Un intento fallido está claro. 

Que bendigan a la pobre persona que pueda controlarse en su plenitud, jamás conocerá la sorpresa de la espontaneidad.

¿Qué es una expectativa? ¿Es correcto tener una? ¿Hasta qué punto las expectativas generan el orden social y hasta qué punto lo alteran? ¿Por qué debemos esperar que los demás actúen de cierta forma lógica o moral? ¿Por qué mi libertad se haya tan limitada en consecuencia de los deseos ajenos? 

Y si pierdo una tarde entera con los ojos en los sueños, ¿quién se perjudica o beneficia? ¿Cuánto del tiempo propio se debe gastar en pos de los demás? ¿Por qué los fantasmas de las buenas impresiones siempre se esconden bajo la cama, o en el placard, o en la sombra misma?

Aún busco el capítulo donde empiezo a ser yo y no un borrador de alguien más. Aún pruebo mi firma para saber cuál se parece más a mi. Me identifico con nuevas enfermedades, con distintas relaciones, con sesiones de terapia que resultan más productivas que otras. Me hallo en libros, me pierdo en series. Me felicito y me castigo constantemente, aunque tengo que admitir que últimamente sirve más castigarse. Me callo la mayoría del tiempo y cuando hablo es para ocultar lo que callo. Soy un mago que distrae a su público mientras esconde otra cosa. Sólo que no sé qué escondo. Prefiero no hablar de ello. No aceptar las angustias, las significaciones donde es mejor victimizarse, donde en cada batalla que pierdo yo misma me escarifico y crucifico a mi vencedor. Por que todo eso es parte de mi oscuridad, mi hábitat más frecuentado. Y como no quiero arrastrar a nadie acá, vago entre la luz y la oscuridad, por lo que a veces soy visible y a veces me escondo. Por eso el silencio, y el aura negativa. Y este lugar se está ganando mi cariño lentamente.